Del segmento a unidades mayores
Los capítulos anteriores trabajaron sobre todo con unidades segmentales, como consonantes, vocales, fonemas y rasgos. Una lengua no organiza, sin embargo, sus sonidos como una secuencia plana. Los segmentos se agrupan en unidades mayores, obedecen restricciones combinatorias y participan en patrones de prominencia. Tres conceptos organizan este nivel. La sílaba agrupa secuencias de segmentos; la fonotáctica define qué combinaciones son posibles o preferidas; el acento introduce una prominencia relativa dentro de las palabras y de los grupos prosódicos.
Las tres dimensiones están estrechamente relacionadas. Una lengua puede admitir ciertas consonantes al comienzo de sílaba y excluirlas al final, tolerar grupos consonánticos iniciales y no finales, asignar el acento según el peso silábico o la estructura morfológica y reducir las vocales de las sílabas átonas. La pregunta de este capítulo es cómo se organiza fonológicamente una cadena de segmentos más allá de las propiedades de cada sonido. El cambio de escala explica por qué una secuencia compuesta solo por fonemas existentes puede resultar imposible o extraña en una lengua.
Qué es una sílaba
La sílaba es una unidad fonológica intermedia entre el segmento y las unidades prosódicas mayores. Muchos hablantes identifican sin esfuerzo las sílabas de palabras como casa (ca.sa), hospital (hos.pi.tal) o psiquiatra (psi.quia.tra), aunque esa intuición no basta para construir una teoría. La sílaba no corresponde necesariamente a una unidad acústica delimitada por silencios ni es una unidad ortográfica. Su existencia se justifica por fenómenos como la distribución de las consonantes, la asignación del acento, los procesos fonológicos, las intuiciones de segmentación, la métrica poética y las restricciones de secuencia (Blevins, 1995). Es una abstracción fonológica cuya estructura varía entre lenguas.
Estructura interna de la sílaba
Una representación clásica divide la sílaba en un ataque y una rima; la rima se divide, a su vez, en un núcleo y una coda. En pan, el ataque es /p/, el núcleo /a/ y la coda /n/. En la preposición a, la sílaba carece de ataque y de coda. En sol, el núcleo es /o/ y la /l/ ocupa la coda. Estas posiciones permiten expresar regularidades que no serían visibles si todos los segmentos se trataran de manera equivalente.
El núcleo
El núcleo es el único elemento obligatorio de la sílaba. En muchas lenguas lo ocupa una vocal; en español, las vocales son sus ocupantes típicos. En otras lenguas, algunas consonantes pueden funcionar como núcleo. En inglés, la segunda sílaba de button o de bottle puede tener como núcleo una nasal o una lateral silábica, que el AFI marca con un diacrítico bajo el símbolo, como en [n̩] o [l̩]. El checo va más lejos y admite palabras cuyo único núcleo es una líquida, como vlk 'lobo' o krk 'cuello'. La vocal es el núcleo prototípico; otros segmentos pueden ocuparlo.
Ataque y coda
El ataque contiene los segmentos que preceden al núcleo dentro de la sílaba. Puede estar vacío, como en a, tener una consonante, como en pa, o formar un grupo consonántico, como en pla. Las lenguas difieren mucho en los ataques que admiten. El español permite /pl/, /tr/ o /kr/ y excluye otras combinaciones, una restricción que no depende de que cada consonante exista en el inventario, porque la combinación está regulada fonotácticamente.
La coda contiene los segmentos que siguen al núcleo dentro de la misma sílaba, como la /n/ de pan o la /l/ de sal. Las lenguas suelen restringir más las codas que los ataques. En español, las consonantes que cierran una palabra patrimonial se reducen prácticamente a /d/, /l/, /n/, /ɾ/, /s/ y /θ/, como en pared, sal, pan, mar, mes y luz, mientras que al comienzo de sílaba aparece casi todo el inventario. Una consonante permitida en ataque puede quedar excluida en coda, lo que genera patrones de neutralización. El capítulo 13 mostró cómo las nasales del español pierden en coda su contraste de lugar. La estructura silábica condiciona, así, los procesos fonológicos.
Tipos silábicos
Una sílaba abierta termina en el núcleo, como la sílaba CV de pa. Una sílaba cerrada tiene coda, como la sílaba CVC de pan. Muchas lenguas muestran preferencias distintas respecto de estos tipos. Algunas favorecen fuertemente las sílabas abiertas, mientras que otras permiten codas complejas. La teoría de la optimidad expresa esas preferencias como restricciones que exigen ataques y penalizan las codas, jerarquizadas de modo distinto en cada lengua (Kager, 1999). En español, las sílabas abiertas son muy frecuentes, aunque existen codas, una distribución que influye en la adaptación de préstamos, en la reducción, en la silabificación y en el acento.
La complejidad de una sílaba depende también del número de consonantes en el ataque o en la coda. Pa tiene un ataque simple y pla, uno complejo; pan tiene una coda simple. Las codas complejas, como la /ns/ de trans.por.te, son raras en español. Abundan, en cambio, en lenguas como el inglés o el alemán. La palabra inglesa sixths termina con cuatro consonantes, [ksθs]. La comparación tipológica muestra que las lenguas explotan regiones diferentes del espacio combinatorio (Duanmu, 2009).
El principio de sonoridad
Una generalización influyente sostiene que la sílaba se organiza alrededor de un pico de sonoridad (Zec, 1995). Conviene precisar el término, porque en español una misma palabra traduce dos conceptos ingleses. La sonoridad de la que se habla aquí traduce sonority, una propiedad fonológica y perceptiva aproximada relacionada con la apertura y la prominencia acústica, que ordena las clases de sonidos según su capacidad para ocupar posiciones silábicas. No debe confundirse con la sonoridad laríngea, en inglés voicing, que se refiere a la vibración de los pliegues vocales. Una fricativa sonora no pasa por ello al extremo superior de la escala silábica.
Una jerarquía simplificada ordena las clases de menor a mayor sonoridad, desde las oclusivas y las fricativas hasta las nasales, las líquidas y las vocales. La sílaba tiende a ascender en sonoridad hacia el núcleo y a descender después. En pla, la /p/ tiene baja sonoridad, la /l/ una mayor y la /a/ la máxima, un patrón favorable. Una secuencia como lpa viola esa progresión y es mucho menos plausible como ataque en la mayoría de las lenguas.
La jerarquía de sonoridad no es, sin embargo, una ley absoluta. Los grupos iniciales con /s/, como los de stop o spa en inglés, rompen el patrón, porque la /s/ tiene más sonoridad que la oclusiva que la sigue. Estos casos han motivado análisis especiales, que tratan la /s/ como un apéndice situado fuera de la sílaba o como un segmento excepcional. El español resuelve el problema con una vocal inicial, como en estándar o escáner. Una generalización tipológica puede ser fuerte sin ser universal. La fonotáctica combina restricciones generales con propiedades específicas de cada lengua.
Silabificación
Dada una secuencia, hay que decidir dónde caen las fronteras silábicas. Casa se silabea ca.sa y no cas.a, porque el sistema prefiere asignar las consonantes al ataque de la sílaba siguiente cuando forman con ella un ataque permitido. Este principio se conoce como maximización del ataque, en inglés Maximum Onset Principle (Kenstowicz, 1994). Está limitado por la fonotáctica, porque no puede crear ataques que la lengua prohíbe.
Atlas muestra que la silabificación depende del conocimiento lingüístico de cada comunidad. En buena parte de España, donde /tl/ no es un ataque admitido, la palabra se silabea at.las, con la /t/ en la coda de la primera sílaba. En México, donde el grupo /tl/ es frecuente por los préstamos del náhuatl, como tlapalería, se silabea a.tlas (Hualde, 2014). La silabificación no se resuelve contando consonantes.
Algunas teorías permiten que un segmento pertenezca a la vez a dos sílabas, un fenómeno llamado ambisilabicidad, propuesto para explicar ciertos patrones del inglés, como la consonante intermedia de happy. No todas las teorías aceptan esa arquitectura. La diversidad de análisis muestra que la silabificación no siempre es directamente observable y que se infiere de los procesos, la distribución, las intuiciones, el acento y la métrica.
Fonotáctica
La fonotáctica estudia las restricciones sobre las combinaciones y las posiciones de los sonidos en una lengua. Conocer el inventario de fonemas no basta, porque una lengua puede tener /p/, /n/ y /r/ sin permitir cualquier secuencia entre ellos. Las restricciones pueden afectar al comienzo o al final de palabra, al ataque, a la coda y al contacto entre sílabas. La fonotáctica es, en este sentido, una gramática de las combinaciones posibles.
El español tiene palabras como plato, brazo o crema, de modo que los ataques /pl/, /br/ y /kr/ son posibles. Una secuencia como /lp/ no aparece como ataque inicial, aunque /l/ y /p/ sean fonemas del español. La restricción está en la combinación. El eje sintagmático del capítulo 6 se vuelve aquí fonológicamente concreto. Algunas restricciones son posicionales. El inglés admite [ŋ] en coda, como en sing, pero la excluye al comienzo de palabra en su léxico patrimonial. El español restringe de manera parecida las consonantes que pueden cerrar una palabra.
Las restricciones no siempre son absolutas. Una restricción categórica excluye una secuencia, mientras que una preferencia probabilística la admite con muy baja frecuencia. Los hablantes son sensibles a esas probabilidades; una pseudopalabra formada con secuencias frecuentes suena más española que otra compuesta por combinaciones raras, aunque ambas sean posibles. La probabilidad de una secuencia puede estimarse a partir de la frecuencia de sus pares y tríos de segmentos o de sus estructuras silábicas. Los hablantes usan esas regularidades en el reconocimiento, en el aprendizaje y en la creación de palabras. La fonotáctica conecta, así, con el aprendizaje estadístico del capítulo 11.
Reparación fonotáctica y préstamos
Cuando una lengua adopta una palabra extranjera con una secuencia prohibida, puede modificarla mediante epéntesis, elisión, sustitución o reestructuración silábica. Una lengua que prohíbe los grupos consonánticos complejos puede insertar una vocal entre las consonantes. El japonés, que admite muy pocas codas, adaptó el inglés strike como sutoraiku. La adaptación no es ruido. Revela las restricciones activas de la lengua receptora.
Los préstamos son especialmente informativos porque enfrentan al sistema con formas que su fonología no generó. Si numerosos préstamos con /st/ inicial reciben una vocal protética, como el español estándar, puede inferirse una restricción sobre los ataques. Hay que distinguir, sin embargo, la adaptación estable de la pronunciación individual de los hablantes bilingües, porque la fonología de la comunidad y la competencia multilingüe pueden producir resultados diferentes.
Peso silábico y moras
Muchas lenguas distinguen las sílabas según su peso, que suele representarse mediante moras. Una sílaba ligera tiene una mora y una pesada, dos. Según la lengua, una sílaba con vocal larga o con coda puede contar como pesada. La mora representa el peso prosódico, sin corresponder a una duración física exacta. Participa en el acento, la métrica, la reduplicación y el alargamiento compensatorio. En japonés, la mora es la unidad básica del ritmo; Tōkyō tiene cuatro moras aunque solo dos sílabas.
Peso y duración no son medidas intercambiables. Que una sílaba CVC valga dos moras es una hipótesis válida solo para ciertos sistemas, porque una coda puede aportar peso en unas lenguas y no en otras. Una vocal larga puede ocupar dos moras; dos vocales pueden formar una sílaba pesada. La mora es una unidad prosódica abstracta distinta del segmento (Broselow, 1995), lo que muestra que la fonología suprasegmental requiere unidades diferentes de los fonemas.
Qué es el acento
El acento es una relación de prominencia relativa, por la que una sílaba sobresale respecto de las demás. Esa prominencia puede manifestarse en la duración, la intensidad, la F0 y la calidad vocálica, sin un correlato acústico universal, porque cada lengua pondera las claves de manera distinta. En español, la posición del acento distingue palabras, como en término, termino y terminó, cuya secuencia segmental es casi idéntica.
El acento prosódico no debe confundirse con la tilde ortográfica. Toda palabra léxica tiene una estructura acentual, lleve o no tilde. La tilde marca por escrito ciertas posiciones según las reglas del sistema ortográfico (Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española, 2010). Casa tiene el acento en la primera sílaba sin llevar tilde, lo mismo que publico, cuyo acento recae en la penúltima. La ortografía codifica parcialmente el sistema prosódico sin crearlo.
Acento léxico
En español, el acento es en gran parte léxico, porque su posición varía de una palabra a otra y puede contribuir al contraste, como en sábana y sabana. Existen, no obstante, regularidades. Muchas palabras siguen patrones frecuentes según su terminación, su estructura y su morfología, por lo que el sistema combina información léxica con reglas generales. La idea de que cada palabra lleva un solo acento tampoco es una definición universal. Los adverbios en -mente, como rápidamente, conservan la prominencia de la base y la del elemento -mente. Los clíticos obligan, además, a distinguir la palabra gráfica del dominio prosódico. Los capítulos dedicados a la morfología y a la prosodia retoman estos casos.
Acento fijo y variable
Algunas lenguas tienen un acento fijo, que cae siempre en la misma posición. El finés, el checo y el húngaro acentúan la primera sílaba, el polaco la penúltima y el francés la última del grupo de palabras. Otras tienen un acento variable y potencialmente contrastivo, como el español. Esto significa que el hablante debe conocer, al menos en parte, la posición acentual de cada palabra.
Organización métrica y peso
Las teorías métricas representan el acento mediante relaciones jerárquicas en las que las sílabas se agrupan en pies (Goldsmith, 1990; Hayes, 1995). El troqueo combina una sílaba fuerte seguida de una débil; el yambo, una débil seguida de una fuerte. Estos patrones explican regularidades acentuales en muchas lenguas. El pie es otra unidad fonológica abstracta, que no coincide necesariamente con una palabra ortográfica.
En algunas lenguas, el acento depende del peso silábico. El latín acentuaba la penúltima sílaba cuando era pesada, como en amīcus; cuando la penúltima era ligera, acentuaba la antepenúltima, como en dominus. Estos sistemas se llaman sensibles al peso. Otras lenguas asignan el acento con independencia del peso. La relación entre ambos es un problema de fondo de la tipología prosódica.
El acento en español
En español, el acento cae en la última, la penúltima o la antepenúltima sílaba, como en café, casa y médico. El patrón penúltimo es el más frecuente, aunque la frecuencia no lo vuelve obligatorio. La capacidad contrastiva del acento dificulta reducirlo a una sola regla fonológica sin información léxica.
La posición del acento interactúa con la morfología. Algunos sufijos conservan el acento de la base, otros lo desplazan y otros lo determinan. En la familia de nación, nacional y nacionalización, el acento cambia con la estructura morfológica. Los verbos muestran algo semejante, porque canto y cantó se distinguen por la posición del acento y por su valor gramatical. La prosodia y la morfología están conectadas, una relación que los capítulos 17 a 20 retoman.
Prominencia y realización fonética
Las sílabas acentuadas suelen tener mayor duración, mayor intensidad, movimientos de F0 y una articulación más periférica. Las átonas pueden mostrar reducción, centralización y menor duración. La magnitud del contraste varía entre lenguas. El inglés reduce extensamente sus vocales átonas, mientras que el español conserva relativamente bien su calidad, como mostró el capítulo 9. Esa diferencia modifica la percepción rítmica y la estructura del habla.
La palabra acento se asocia popularmente con decir algo más fuerte, una idea insuficiente. La prominencia surge de múltiples claves. En español, la F0 y la duración cumplen funciones importantes. La intensidad contribuye sin definir por sí sola el acento; una sílaba puede ser acústicamente intensa sin estar fonológicamente acentuada. Hay que separar el correlato acústico de la categoría prosódica.
Ritmo
Las lenguas se clasificaron tradicionalmente en lenguas de ritmo acentual, silábico o moraico, una clasificación que se remonta a Pike (1945). El inglés se consideraba prototípicamente acentual, el español silábico y el japonés moraico. La idea suponía que las lenguas acentuales mantienen intervalos regulares entre acentos y las silábicas entre sílabas, aunque las mediciones no confirmaron esa regularidad (Roach, 1982). La percepción del ritmo depende de la reducción vocálica, la complejidad silábica, la duración y la prominencia. Que el español sea silábico es una generalización tipológica aproximada, sin valor de ley.
Se desarrollaron después medidas que cuantifican la variación temporal de vocales y consonantes. Ramus et al. (1999) propusieron medir la proporción del tiempo ocupada por intervalos vocálicos, conocida como %V, junto con la desviación estándar de los intervalos consonánticos, ΔC. Las lenguas se agrupaban en ese plano según su clase rítmica tradicional. Grabe y Low (2002) propusieron índices de variabilidad por pares, que comparan intervalos sucesivos sin calcular una variación global. Los resultados mostraron diferencias entre lenguas junto con una gran variación interna. La existencia de una métrica no garantiza una tipología categórica, porque la prosodia es multidimensional.
La sílaba como unidad perceptiva
En algunas tareas, los oyentes parecen usar la sílaba para segmentar el habla. La importancia de esa unidad depende de la lengua. Mehler et al. (1981) pidieron a hablantes de francés detectar secuencias como pa o pal en palabras como palace y palmier, cuyas primeras sílabas son pa y pal. Los oyentes respondían más rápido cuando la secuencia coincidía con la primera sílaba de la palabra. Cutler et al. (1986) no encontraron ese efecto en oyentes de inglés, mientras que los francófonos lo mostraban incluso ante palabras inglesas. Los oyentes japoneses segmentan, por su parte, en moras (Otake et al., 1993). Los efectos silábicos difieren, además, incluso entre el español y el catalán (Sebastián-Gallés et al., 1992). Las unidades perceptivas no son, por tanto, universales. La experiencia lingüística determina qué estructura resulta funcional.
Los lapsus, los juegos infantiles y los lenguajes secretos revelan también la sensibilidad a la sílaba. La jerigonza de muchos niños hispanohablantes inserta una sílaba con /p/ tras cada sílaba, de modo que casa se vuelve capasapa. El verlan francés invierte el orden de las sílabas. De l'envers 'al revés' surge el propio nombre del juego. Estos comportamientos aportan evidencia psicolingüística indirecta sobre las unidades fonológicas, que debe interpretarse con cautela, porque una tarea diseñada en torno a sílabas puede inducir justamente esa estrategia.
Alteraciones de la silabificación y del acento en la clínica
En la apraxia del habla y en otros trastornos motores pueden aparecer dificultades con las secuencias complejas, los ataques consonánticos y las transiciones entre sílabas. Las sílabas complejas son más vulnerables, aunque la simplificación no identifica por sí sola el mecanismo, que puede estar en la planificación, en la ejecución o en la fonología. La evaluación debe comparar patrones.
La alteración de la prominencia puede afectar la inteligibilidad y la naturalidad del habla. Una persona puede desplazar los acentos, reducir sus contrastes o perder variación prosódica, en condiciones neurológicas y en trastornos motores. El acento léxico y la entonación pertenecen, sin embargo, a niveles distintos. Término puede estar bien acentuada dentro de una frase de prosodia monótona. Separar ambos niveles evita diagnósticos vagos.
En el habla muy rápida aumentan la reducción, la elisión y la reestructuración silábica. Un observador puede interpretarlo como desorganización cuando buena parte del fenómeno es fonético y prosódico. En la manía, una velocidad elevada puede coexistir con una sintaxis y un léxico relativamente conservados. La fonología ayuda a describir qué nivel está realmente alterado.
Sílaba y métrica poética
La poesía usa de manera explícita la estructura silábica y acentual. La métrica cuenta sílabas, pies o posiciones acentuadas, aunque la sílaba métrica no coincide mecánicamente con la fonológica. En la métrica española, la sinalefa une en una sola sílaba la vocal final de una palabra y la inicial de la siguiente. El endecasílabo de Garcilaso «En tanto que de rosa y azucena» tiene doce sílabas fonológicas y once métricas, porque la sinalefa une la conjunción y con una de las vocales vecinas, de modo que el grupo sa y a ocupa dos sílabas y no tres. El hiato, la licencia poética y la ley del acento final, que suma una sílaba al verso agudo y resta una al esdrújulo, modifican también el cómputo. La literatura convierte una estructura fonológica ordinaria en recurso formal, lo que conecta la prosodia con la función poética del capítulo 3.
La prosa también tiene ritmo. La alternancia de palabras largas y cortas, de acentos, de pausas y de signos de puntuación modifica la experiencia de lectura. El ritmo escrito no es idéntico al acústico, porque el lector reconstruye mentalmente la prosodia. Una misma frase puede adquirir ritmos diferentes en lecturas distintas. La escritura orienta la realización sin determinarla por completo.
Sílaba, acento y sistemas de IA
Los sistemas computacionales necesitan silabificar para la síntesis de voz, el reconocimiento, la generación poética o la enseñanza de idiomas. Una estrategia basada solo en la ortografía falla cuando la grafía y la pronunciación divergen, cuando hay diptongos o cuando existe variación dialectal, como en atlas. La silabificación automática requiere información fonológica. En español es bastante predecible, aunque no trivial.
Un modelo de lenguaje puede aprender que ciertas secuencias son extremadamente improbables. Incluso sin reglas fonotácticas explícitas, un sistema entrenado con grandes cantidades de datos asigna baja probabilidad a pseudopalabras incompatibles con los patrones conocidos. Queda la pregunta teórica de si aprender una distribución equivale a aprender la fonotáctica. Funcionalmente puede aproximarse, aunque una teoría lingüística busca además explicar la generalización, las clases naturales y la productividad; la predicción estadística y la explicación estructural no son idénticas.
Una voz sintética que pronuncia bien todos los segmentos puede sonar artificial si coloca mal el acento, la duración o la prominencia. La prosodia es imprescindible para la naturalidad y la inteligibilidad. En nombres propios o en palabras poco frecuentes, un error de acento puede resultar más llamativo que una pequeña desviación segmental. Los sistemas actuales deben modelar la estructura suprasegmental.
Método de análisis
El análisis de una sílaba puede seguir siete pasos. Los tres primeros identifican el núcleo, el ataque y la coda. El cuarto evalúa su complejidad y el quinto comprueba si las secuencias respetan la fonotáctica. El sexto determina el peso, cuando es pertinente; el séptimo relaciona la sílaba con el acento. En transporte, silabeada aproximadamente como trans.por.te, la primera sílaba tiene un ataque complejo y una coda compleja, la segunda, un ataque simple y una coda; la tercera es abierta. La palabra muestra que el español admite cierta complejidad interna, menor que la de otras lenguas. El análisis exacto depende, en todo caso, de la realización, de la variedad y de los principios de silabificación adoptados.
Para evaluar una secuencia inventada puede compararse plato, cuyo ataque /pl/ es compatible con la fonotáctica española, con una forma como lpato. Aunque /l/ y /p/ existan en español, el ataque /lp/ es incompatible con sus patrones. Un hablante percibe la forma como extranjera o difícil. El conocimiento fonológico incluye, así, restricciones sobre las combinaciones.
Las unidades prosódicas son inferidas
Una sílaba no puede verse directamente en la señal, como tampoco un pie métrico. Lo que se observa son patrones de duración, restricciones, acentos y alternancias, a partir de los cuales se postula una organización. La legitimidad de estas unidades depende de su capacidad explicativa, de la convergencia entre fenómenos y de las predicciones que permiten, el mismo problema epistemológico de los capítulos anteriores. Decir que una sílaba es pesada describe una propiedad dentro de un sistema prosódico sin explicar por qué surgió, cómo se procesa ni dónde se representa neuralmente. Un formalismo puede capturar patrones sin agotar su explicación causal.
La jerarquía prosódica
La fonología puede organizarse jerárquicamente, desde los rasgos y los segmentos hasta las sílabas, los pies y las palabras prosódicas, que se integran a su vez en frases prosódicas y en la entonación (Nespor y Vogel, 1986; Selkirk, 1984). No todas las teorías aceptan exactamente las mismas unidades, aunque la jerarquía muestra que los sonidos no se organizan solo linealmente. La sílaba aporta posiciones y la fonotáctica restringe qué segmentos pueden ocuparlas, con restricciones que a menudo se definen por clases naturales, lo que integra la teoría de rasgos con la estructura silábica. El acento se asigna sobre unidades silábicas, el peso puede modificar esa asignación y la prominencia altera las realizaciones segmentales; estructura silábica, acento y fonética se condicionan mutuamente.
Síntesis
La sílaba es una unidad fonológica organizada en torno a un núcleo, que puede tener ataque y coda. Las lenguas difieren en los tipos silábicos que admiten y en la complejidad de sus ataques y sus codas. La fonotáctica regula las combinaciones posibles y sus probabilidades, de manera que una forma compuesta solo por fonemas existentes puede violar las restricciones de la lengua. La escala de sonoridad explica muchos patrones silábicos y admite excepciones. La silabificación aplica principios como la maximización del ataque, limitados por la fonotáctica y variables entre comunidades. El peso silábico se representa mediante moras, que participan en el acento, la métrica y otros procesos. El acento es una relación de prominencia que no se reduce a un simple aumento de intensidad. En español, su posición distingue palabras y depende de información léxica y morfológica. Los patrones rítmicos muestran que las lenguas distribuyen de manera diferente la prominencia y la duración. Las clases rítmicas tradicionales son aproximaciones tipológicas. En la clínica, la estructura silábica y la prosodia permiten distinguir las alteraciones segmentales de las dificultades de planificación, ritmo o prominencia. En la escritura y la literatura, la sílaba y el acento sostienen la métrica y el ritmo. En la inteligencia artificial, la fonotáctica y la prosodia son necesarias para un reconocimiento y una síntesis naturales. El inventario de fonemas no basta para describir una lengua, porque hace falta representar también cómo se combinan sus segmentos, cómo se agrupan y qué unidades reciben prominencia.
El capítulo 15 estudia con más detalle la prosodia, la entonación y el ritmo, con la organización de las frases prosódicas, los contornos de F0, el foco, los tipos de enunciado y los límites de la inferencia de estados afectivos a partir de la voz.
Referencias
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