LS-002 / Semiótica y cultura

Saussure y Peirce: dos programas para pensar el signo

Las arquitecturas del signo en Saussure y Peirce

Ver secciones del texto
  1. Dos teorías para problemas diferentes
  2. Saussure y el texto del Curso
  3. Langage , langue y parole
  4. El signo lingüístico
  5. La arbitrariedad del signo
  6. La linealidad del significante
  7. El valor
  8. Relaciones sintagmáticas y asociativas
  9. Sincronía y diacronía
  10. La semiología proyectada por Saussure
  11. El proyecto filosófico de Peirce
  12. La relación triádica
  13. Representación y error
  14. Icono, índice y símbolo
  15. Las tricotomías de 1903
  16. Semiosis
  17. Peirce y el pragmatismo
  18. Comparación de los dos modelos
  19. Cuatro correspondencias erróneas
  20. Saussure, Peirce y el estructuralismo
  21. Aplicación a la psicopatología
  22. Aplicación a la escritura clínica
  23. Aplicación a los sistemas de inteligencia artificial
  24. Lenguaje y mundo en los dos modelos
  25. Síntesis
  26. Referencias

DESARROLLO COMPLETO · BIBLIOGRAFÍA INCLUIDA

Dos teorías para problemas diferentes

Ferdinand de Saussure y Charles Sanders Peirce suelen aparecer juntos en las introducciones a la semiótica. La comparación es comprensible, porque ambos desarrollaron, en el mismo periodo y de manera independiente, teorías sistemáticas del signo. La proximidad cronológica favorece, sin embargo, una simplificación, según la cual Saussure habría formulado en versión binaria la misma teoría que Peirce formuló en versión triádica. En realidad, sus proyectos y las preguntas que dirigen al signo son diferentes.

Saussure era ante todo lingüista. Su problema consistía en establecer cómo estudiar científicamente una lengua cuyos elementos carecen de valor fuera del sistema al que pertenecen. Su teoría del signo forma parte de ese proyecto.

Peirce, químico de formación, fue lógico, matemático y fundador del pragmatismo estadounidense. Su teoría de los signos, que llamó, entre otras formas, semeiotic, debía explicar fenómenos de representación e inferencia mucho más generales que el lenguaje. En una carta de 1908 a Victoria Welby escribió que no había podido estudiar nada, desde las matemáticas y la ética hasta el vino o el whist, si no era como estudio de semiótica (Peirce, 1908, como se cita en Atkin, 2022). Esa teoría cambió a lo largo de su vida. Atkin (2022) distingue tres formulaciones, fechadas en 1867 y 1868, en 1903 y entre 1906 y 1910; la última quedó incompleta.

De esta diferencia inicial se sigue una precaución de método. Cuando Saussure habla del signo, su paradigma es la lengua. Peirce, en cambio, busca una teoría general de la representación, en la que el humo, los diagramas, las fotografías, las inferencias y los hábitos entran sin ser tratados como versiones imperfectas del lenguaje. Este capítulo reconstruye ambas arquitecturas antes de compararlas.

Saussure y el texto del Curso

Saussure nació en Ginebra en 1857 y murió en 1913. Se formó en Leipzig, en el ambiente de los neogramáticos. A los veintiún años publicó una memoria sobre el sistema vocálico del indoeuropeo en la que postuló, a partir de las relaciones internas del sistema, unos elementos que ninguna lengua conocida conservaba. Cuando en 1927 Jerzy Kuryłowicz identificó en el hitita consonantes que ocupaban esas posiciones, la hipótesis quedó en buena medida confirmada. El episodio muestra un rasgo de su método, el de inferir unidades no observadas a partir de las relaciones de un sistema.

La obra que le dio su influencia posterior, el Cours de linguistique générale, no es un libro escrito por él. Apareció en 1916, tres años después de su muerte. Lo prepararon Charles Bally y Albert Sechehaye a partir de apuntes de estudiantes de los tres cursos de lingüística general que Saussure dictó en Ginebra entre 1907 y 1911.

La relación entre el texto publicado y el pensamiento de Saussure es, por eso, compleja. En 1996 aparecieron en la casa familiar de Ginebra nuevos manuscritos suyos, publicados después en los Écrits de linguistique générale (Saussure, 2002). Cuando se habla de «la teoría de Saussure» conviene precisar si se alude al Curso publicado o a los manuscritos. Esta cautela deja en pie el valor del Curso y explica por qué algunas de sus formulaciones parecen ambiguas o tensas entre sí.

Langage, langue y parole

Uno de los primeros movimientos de Saussure consiste en descomponer lo que ordinariamente llamamos lenguaje (Saussure, 1916, introducción, cap. III). La terminología francesa distingue langage, langue y parole, que las traducciones castellanas suelen verter como lenguaje, lengua y habla, siempre dentro del aparato conceptual saussureano. El langage es el fenómeno lingüístico humano en sentido amplio, heterogéneo porque reúne componentes individuales y sociales, físicos y psíquicos. La langue es el sistema compartido de oposiciones y convenciones que los miembros de una comunidad han adquirido y que les permite producir y comprender expresiones. La parole comprende los actos concretos en que cada individuo usa ese sistema.

Pensemos en alguien que pronuncia la oración siguiente.

(1) La puerta está abierta.

El timbre, la velocidad, el volumen y el acento con que se emite pertenecen a la parole. La posibilidad de reconocer puerta o de comprender la estructura de la oración presupone, en cambio, un sistema compartido.

Saussure privilegia metodológicamente la langue porque le permite delimitar un objeto sistemático para la lingüística. La elección orientó buena parte de la lingüística del siglo XX y hay que leerla como una decisión de método. Saussure conocía de sobra la variación individual y el cambio histórico; lo que propone es abstraer, para ciertos fines, un sistema de relaciones compartidas.

El signo lingüístico

Una representación frecuente del signo saussureano lo reduce a una flecha entre una palabra y un objeto. Es justamente la imagen que Saussure quiso desplazar. En el Curso, el signo lingüístico une dos componentes psíquicos, el significante y el significado (Saussure, 1916, primera parte, cap. I; Joseph, 2004). El significante es una imagen acústica, es decir, la representación psíquica de una forma sonora, distinta del sonido físico. El significado es el concepto asociado a esa forma.

En el caso de la palabra árbol, el signo es algo distinto de la relación directa entre la secuencia escrita y un árbol determinado. Su significante es la forma lingüística que un hablante reconoce en /ˈaɾbol/ y su significado es un concepto organizado por la lengua. El árbol que crece fuera de la ventana queda fuera de los dos componentes del signo. Saussure desplaza así el centro de gravedad desde la relación entre palabra y cosa hacia la relación entre forma lingüística y concepto dentro de un sistema. En ese desplazamiento se apoya la diferencia con Peirce.

La transcripción fonética [ˈaɾβ̞ol] registra una realización concreta de la palabra y /ˈaɾbol/ expresa su análisis fonológico. Esa distinción, que desarrollan los capítulos dedicados a la fonética y la fonología, pertenece a otro plano y difiere de la de significante y significado.

La arbitrariedad del signo

Saussure sostiene que el lazo entre significante y significado es arbitrario (Saussure, 1916, primera parte, cap. I). La tesis concierne a la relación entre los dos componentes del signo. Otra cuestión es la libertad del hablante para modificar esa relación, que está muy restringida. Un hablante de español no puede decidir mañana, por su cuenta, que mesa significará 'perro', porque la asociación está socialmente establecida. La arbitrariedad significa que ninguna relación natural o necesaria obliga a asociar un significado con un significante determinado. Una referencia aproximadamente comparable se expresa con perro en español, dog en inglés, chien en francés y Hund en alemán, diversidad que sería difícil de explicar si existiera una conexión natural entre el concepto y una secuencia sonora.

El principio tampoco exige que todas las palabras carezcan de motivación. Las onomatopeyas conservan relaciones parciales entre la forma y el sonido representado; los procesos morfológicos, por su parte, vuelven transparentes muchas palabras compuestas y derivadas. Saussure habla por eso de motivación relativa (Saussure, 1916, segunda parte, cap. VI). Su ejemplo compara el francés vingt, inmotivado, con dix-neuf, relativamente motivado. En español ocurre lo mismo con veinte, que no se descompone, frente a diecinueve, en el que cualquier hablante reconoce diez y nueve. Incluso en estos casos, las unidades con que se construye la forma motivada pertenecen a un sistema convencional.

La linealidad del significante

Saussure propone además que el significante, al desarrollarse en el tiempo, tiene carácter lineal (Saussure, 1916, primera parte, cap. I). Al hablar no producimos los elementos a la vez; los encadenamos en sucesión. El orden se convierte así en un recurso gramatical. En un pobre hombre y un hombre pobre aparecen las mismas palabras, aunque el orden cambia el significado del adjetivo.

El principio tuvo menos notoriedad histórica que la arbitrariedad, pese a que Saussure le daba mucha importancia. Hoy su formulación debe precisarse. En las lenguas de señas o en la prosodia pueden coexistir varios componentes significativos al mismo tiempo, por lo que la linealidad de la cadena vocal no puede convertirse sin más en una propiedad universal de toda expresión lingüística. El caso ilustra una forma de trabajo que el libro seguirá, la de distinguir la influencia histórica de un principio de su validez empírica.

El valor

La noción de valor obliga a distinguir la asociación interna del signo de las relaciones entre signos. Una unidad lingüística vale por la relación entre una forma y un concepto, aunque también por las diferencias que la separan de las demás unidades del sistema (Saussure, 1916, segunda parte, cap. IV; Normand, 2004).

Saussure recurre al ajedrez para explicarlo. Si las piezas de madera se reemplazan por piezas de marfil, el sistema del juego queda intacto; si se altera el número de piezas, cambia su gramática (Saussure, 1916, introducción, cap. V). La identidad de una pieza depende de su lugar en el conjunto de reglas y posiciones.

El ejemplo lingüístico más citado del Curso compara el francés mouton con el inglés sheep. Las dos palabras pueden traducirse entre sí, pero su valor difiere, porque el inglés dispone además de mutton para la carne que se sirve en la mesa. En español hay un caso semejante con pez y pescado, que reparten entre dos palabras lo que el inglés nombra con fish. Cada una de las dos palabras delimita el valor de la otra.

La lengua no crea con ello todas las diferencias del mundo, porque los seres humanos enfrentan restricciones perceptivas y biológicas. La tesis es más específica y sostiene que las unidades lingüísticas adquieren su identidad funcional por las relaciones que mantienen dentro del sistema. Cómo se articula esta idea diferencial del valor con la definición positiva del signo como unión de significante y significado es uno de los problemas interpretativos clásicos del Curso (Normand, 2004).

La teoría del valor fue uno de los puntos de partida de lo que después se llamaría estructuralismo. Saussure no usó ese nombre para su trabajo, aunque su concepción relacional del sistema dio al movimiento buena parte de su arquitectura conceptual.

Relaciones sintagmáticas y asociativas

La concepción relacional distingue dos dimensiones (Saussure, 1916, segunda parte, cap. V). Las relaciones sintagmáticas se dan entre elementos combinados en una cadena. En el perro duerme, el se relaciona con perro y perro con duerme dentro de una estructura realizada. Las relaciones asociativas, que la tradición estructuralista posterior llamó paradigmáticas, vinculan un elemento presente con otros que podrían ocupar su lugar. En la misma oración, perro podría sustituirse por gato, niño, paciente o animal; la expresión concreta resulta de elegir una alternativa dentro de un conjunto.

El significado lingüístico depende, así, a la vez de combinaciones y de contrastes. La distinción reaparecerá a lo largo del libro, en particular en morfología.

Sincronía y diacronía

Saussure distingue también dos perspectivas sobre la lengua (Saussure, 1916, primera parte, cap. III). La sincronía estudia las relaciones de un sistema en un momento dado; la diacronía estudia sus transformaciones históricas. Preguntar cómo funciona hoy el sistema verbal del español es plantear una cuestión sincrónica, mientras que preguntar cómo evolucionó desde el latín es plantear una diacrónica.

Saussure dio autonomía metodológica al análisis sincrónico porque las relaciones que configuran un sistema actual no se reducen a la historia de cada uno de sus componentes. Esa autonomía era compatible con su propia trayectoria, ya que toda su formación y su primera obra pertenecen a la lingüística histórica indoeuropea. Lo novedoso fue insistir en que explicar la historia de una forma y explicar su función en un sistema actual son problemas diferentes.

La distinción entre origen y función actual tiene un alcance que excede la lingüística. Que la palabra histeria derive del griego hystéra, 'útero', no determina el uso que la clínica hizo después de ella. De manera general, el origen histórico de una categoría no fija su función presente.

La semiología proyectada por Saussure

Saussure imaginó una ciencia más general, que estudiaría la vida de los signos en el seno de la vida social y a la que llamó semiología (Saussure, 1916, introducción, cap. III). La lingüística sería una parte de ella. Existe aquí una asimetría. Saussure desarrolló ampliamente su teoría lingüística, pero dejó la semiología apenas esbozada, sin la elaboración que alcanzaría la tradición peirceana. Buena parte de lo que hoy se llama semiología saussureana fue construida por autores que extendieron sus principios a otros dominios.

Importa, por eso, separar lo que Saussure desarrolló de lo que solo dejó proyectado. Ambas cosas deben distinguirse, a su vez, de lo que construyeron después quienes usaron su aparato conceptual, como Hjelmslev, Jakobson, Lévi-Strauss, Barthes o Greimas.

El proyecto filosófico de Peirce

Peirce nació en 1839 y murió en 1914. Además de la lógica y la filosofía, trabajó en matemáticas, geodesia, astronomía y metrología. A diferencia de Saussure, no partió de la pregunta por el estudio científico de una lengua. Su pregunta era más general, la de cómo algo puede representar otra cosa de manera que haga posibles la interpretación y la inferencia.

La semiótica de Peirce está integrada en su lógica, al punto de que llegó a presentar la lógica, en sentido general, como otro nombre de la semiótica (Peirce, 1931–1958, CP 2.227). Estudiar signos era para él, en buena medida, estudiar las formas de la representación y del razonamiento. Como su teoría cambió a lo largo de su vida, conviene desconfiar de los esquemas que presentan todas sus clasificaciones como partes simultáneas de un sistema cerrado.

La relación triádica

El núcleo más estable de la teoría de Peirce es la tesis de que la significación tiene una estructura irreductiblemente triádica, formada por signo, objeto e interpretante (Peirce, 1931–1958, CP 2.228). Lo que importa es la relación entre los tres términos, que no puede descomponerse en relaciones diádicas. Un signo representa un objeto bajo cierto aspecto y determina un interpretante, gracias al cual esa representación adquiere eficacia.

Signo y representamen

En algunos periodos Peirce llama representamen a lo que ocupa la función de signo, aunque los dos términos no son intercambiables en toda su obra. Para nuestros fines basta entenderlo como aquello mediante lo cual algo es representado. Una palabra, una huella, un diagrama, una fotografía o una conducta pueden ocupar ese lugar, siempre que participen efectivamente en una relación de significación.

Objeto inmediato y objeto dinámico

El signo es signo de algo. Ese algo es su objeto, que forma parte explícita de la arquitectura peirceana, a diferencia de lo que ocurre en el esquema saussureano. Peirce distinguió además dos objetos. El inmediato es el objeto tal como el signo lo representa; el dinámico excede esa representación particular y determina o restringe el signo. Esta distinción general basta para ver que Peirce no propone una relación ingenua entre un signo y un objeto externo. El objeto tiene en su teoría un estatuto semiótico y epistemológico complejo.

Interpretante

El interpretante es probablemente el concepto peor entendido en las presentaciones elementales. Designa lo que el signo determina como efecto interpretativo o como desarrollo de su relación con el objeto. Es distinto del intérprete y también de «la idea que aparece en la cabeza de alguien». Una primera aproximación consiste en entenderlo como la forma en que la relación entre signo y objeto queda representada en un signo ulterior.

Pensemos en el humo como signo de fuego. Para que haya semiosis, la relación entre humo y fuego debe determinar algo interpretable, como el pensamiento «hay combustión en algún lugar». Ese contenido puede orientar a su vez una acción, la de buscar el origen del humo; la significación queda integrada con la inferencia y la conducta.

El concepto tampoco obliga a suponer que una persona concreta experimente conscientemente un efecto en cada ocasión. Las distintas clases de interpretante que Peirce propuso en diferentes etapas incluyen posibilidades de interpretación, efectos efectivamente producidos y dimensiones normativas o habituales (Atkin, 2022). El ejemplo del humo ilustra una inferencia humana; no agota la semiosis.

Representación y error

La determinación del objeto y del interpretante tampoco equivale a una cadena mecánica ni a una garantía de verdad. Una proposición falsa es un signo, porque representa algo bajo cierto aspecto aunque lo haga de manera incorrecta. Por eso la existencia de una relación semiótica es una cuestión distinta de la exactitud de lo que el signo representa.

Un mapa de Santiago con una calle mal situada sigue siendo un mapa. Su adecuación se evalúa comparándolo con la ciudad y con las convenciones cartográficas, de modo que el error afecta su exactitud sin anular su condición de signo. Afirmar que el objeto restringe el signo es, entonces, distinto de afirmar que solo permite representaciones verdaderas. En Peirce, además, el objeto puede ser una proposición o una mera posibilidad.

Icono, índice y símbolo

La clasificación más conocida de Peirce distingue los signos según la manera en que se relacionan con su objeto (Peirce, 1931–1958, CP 2.247–2.249). Conviene formularla con más precisión que en las introducciones escolares.

Un signo funciona icónicamente cuando representa por semejanza o por una estructura compartida. Una fotografía o un retrato pueden funcionar así. Peirce incluye además los diagramas. Un esquema anatómico no tiene que parecerse visualmente a un cuerpo en todos sus detalles, porque le basta conservar determinadas relaciones estructurales. La iconicidad es, por tanto, más amplia que el parecido físico. Una ecuación o un mapa tienen propiedades icónicas cuando sus relaciones internas reproducen relaciones del objeto.

Un signo funciona indicialmente cuando mantiene una conexión de hecho con su objeto. Un dedo que apunta es un índice, lo mismo que la veleta respecto de la dirección del viento o la huella respecto del organismo que la dejó. El humo es índice de combustión por su conexión física con ella. Definir el índice como «signo causal» resulta, por eso, demasiado estrecho. La causalidad es una forma importante de conexión indicial, aunque no agota la categoría, como muestra el dedo que apunta.

Un signo funciona simbólicamente cuando representa en virtud de un hábito o de una convención general. Las palabras de una lengua son el ejemplo habitual. La secuencia /ˈpero/ no necesita parecerse a un perro ni haber sido causada por los perros a los que se refiere; funciona porque pertenece a un sistema de hábitos interpretativos. La proximidad con el signo arbitrario de Saussure es evidente, aunque los dos conceptos pertenecen a arquitecturas teóricas diferentes que no deben identificarse.

Peirce tampoco sostiene que cada signo real pertenezca a una sola clase. En sus desarrollos maduros reconoce que muchos signos combinan dimensiones icónicas, indiciales y simbólicas. Una fotografía policial es icónica porque conserva semejanzas visuales, indicial porque se produjo mediante una relación física con una escena y simbólica porque su uso como evidencia depende de convenciones institucionales y reglas jurídicas. Clasificarla simplemente como un icono dejaría fuera parte de su funcionamiento.

Las tricotomías de 1903

Las introducciones suelen presentar icono, índice y símbolo como si agotaran la teoría de Peirce, cuando esa tríada es solo una de las dimensiones de su clasificación. Hacia 1903 Peirce trabajaba con tres tricotomías. Según el signo considerado en sí mismo, distinguía cualisigno, sinsigno y legisigno; según su relación con el objeto, icono, índice y símbolo; según su relación con el interpretante, rema, dicisigno y argumento (Peirce, 1931–1958, CP 2.243–2.264). Las combinaciones posibles están restringidas por relaciones lógicas y dan lugar a un sistema de diez clases de signos, que los desarrollos posteriores volvieron todavía más complejo.

Esa taxonomía no necesita memorizarse ahora. Basta retener que la tríada de icono, índice y símbolo es una entrada a la teoría de Peirce.

Semiosis

Aquí la diferencia con Saussure se acentúa. Saussure privilegia las relaciones que forman un sistema, mientras Peirce pone el acento en el proceso por el cual un signo determina interpretantes que pueden participar en nuevas relaciones semióticas. Esa dinámica recibe el nombre de semiosis. En ciertas formulaciones, un interpretante funciona a su vez como signo y da lugar a otro interpretante. La percepción del humo puede producir el interpretante «algo está ardiendo», este puede dar lugar a «puede haber peligro» y este último a la decisión de abandonar el edificio. Cada paso depende de hábitos y de relaciones inferenciales, lo que distingue la semiosis de una asociación libre de ideas.

La expresión semiosis ilimitada describe a veces este proceso y debe usarse con cautela. Atkin (2022) sitúa la idea de una cadena infinita de interpretantes en la formulación temprana de Peirce; hasta qué punto se mantiene en las etapas posteriores es objeto de discusión. Una formulación más segura dice que Peirce entiende la significación como una relación dinámica, en la que la interpretación puede desarrollarse mediante signos posteriores dentro de las restricciones que imponen el objeto y los hábitos interpretativos.

Peirce y el pragmatismo

La teoría del signo se conecta con otro elemento de la filosofía de Peirce, el pragmatismo. Su máxima pragmática propone aclarar un concepto considerando qué efectos con consecuencias prácticas concebibles atribuimos a su objeto; según Peirce, la concepción de esos efectos agota la concepción del objeto (Peirce, 1931–1958, CP 5.402). Leerla como «verdadero es lo que me resulta útil» destruye su contenido epistemológico.

El proyecto de Peirce está ligado al falibilismo, según el cual nuestras creencias pueden ser erróneas y deben permanecer abiertas a la corrección mediante la investigación. La interpretación de signos forma parte de ese proceso. De ahí el interés de Peirce para la filosofía de la ciencia, porque la semiosis puede integrarse en investigaciones en las que formulamos hipótesis, extraemos sus consecuencias y las confrontamos con la experiencia. Esos momentos corresponden a lo que Peirce llamó abducción, deducción e inducción.

Comparación de los dos modelos

Las dos arquitecturas pueden compararse ahora sin reducir una a la otra. La pregunta característica de Saussure es cómo adquiere valor una unidad dentro de un sistema lingüístico. Su explicación privilegia el sistema, la diferencia, la oposición y la convencionalidad. La pregunta de Peirce es cómo algo puede representar un objeto de manera que determine una interpretación. Su explicación privilegia la representación, la referencia, la inferencia y la formación de hábitos. La tabla 2.1 resume las diferencias.

Tabla 2.1. Comparación entre los modelos de Saussure y Peirce

Aspecto Saussure Peirce
Punto de partida La lengua La representación y la lógica
Estructura básica Significante y significado Signo, objeto e interpretante
Lugar del objeto externo Fuera de la estructura interna del signo lingüístico Parte explícita de la relación semiótica
Principio organizador Valor diferencial dentro del sistema Relación triádica de representación
Papel de la convención Constitutivo del signo lingüístico Propio sobre todo de los símbolos
Papel de la interpretación Ausente como componente del signo Constitutivo, a través del interpretante
Alcance inicial Lingüístico y social Lógico y filosófico general
Dimensión temporal Sistema y cambio separados por razones de método Semiosis como proceso
Pregunta prototípica ¿Qué hace que esta unidad tenga este valor? ¿Cómo representa este signo a este objeto?

Cuatro correspondencias erróneas

La comparación permite descartar cuatro equivalencias frecuentes, tres de las cuales ya se anunciaron en el capítulo 1. El significante saussureano y el signo peirceano ocupan niveles teóricos distintos, porque el primero es un componente del signo lingüístico y el segundo una posición dentro de una relación triádica. El significado saussureano y el objeto peirceano tampoco coinciden. El significado es el componente conceptual del signo, mientras que el objeto es aquello que el signo representa; confundirlos fundiría artificialmente dos modelos en uno.

El interpretante, como vimos, es distinto de la persona que interpreta. Una persona puede interpretar un signo, mientras que el interpretante es un elemento funcional de la semiosis. Por último, el símbolo peirceano y el signo saussureano comparten una zona de intersección evidente, porque ambos dependen de convenciones o hábitos generales, sin llegar a la identidad conceptual.

Saussure, Peirce y el estructuralismo

Saussure es una de las fuentes intelectuales del estructuralismo lingüístico, aunque el movimiento se consolidó después de su muerte. Por eso es exacto llamarlo fuente del estructuralismo y menos exacto presentarlo como miembro de un movimiento constituido bajo ese nombre. Sus ideas sobre el sistema y el valor diferencial fueron desarrolladas por el Círculo Lingüístico de Praga (fundado en 1926) y por la escuela de Copenhague de Hjelmslev. Otros autores las trasladaron después a la antropología y a la crítica literaria.

Peirce, en cambio, queda fuera del estructuralismo, tanto en el sentido histórico del término como en el teórico habitual. Su semiótica procede de otra tradición filosófica, ligada a la lógica y al pragmatismo. Su teoría es, con todo, relacional de principio a fin, lo que muestra que sostener que ciertos fenómenos dependen de relaciones es compatible con no pertenecer al movimiento estructuralista. La diferencia entre los dos autores es a la vez histórica y conceptual.

Aplicación a la psicopatología

Todavía es pronto para convertir estas teorías en modelos clínicos, aunque sí puede mostrarse qué preguntas permiten formular. Supongamos que una persona afirma lo siguiente.

(2) La televisión me está mandando señales.

Una aproximación inspirada en Saussure puede examinar el sistema de diferencias que permite usar palabras como señal, mensaje, mandar o yo. También puede estudiar si el valor que la persona atribuye a ciertas expresiones se desplaza respecto del uso de su comunidad. Afirmar que Saussure explica el delirio como una alteración de las oposiciones lingüísticas excedería, en cambio, lo que su teoría demuestra.

Peirce permite formular otra pregunta, la de qué relación semiótica establece la persona entre un acontecimiento televisivo y ella misma. Supongamos que un presentador aparece vestido de rojo y que el paciente concluye lo siguiente.

(3) Se puso rojo porque sabe que ayer pensé en matarme.

Para el paciente, el color es un índice dirigido a él. La psicopatología clásica describe esta experiencia como una idea o un delirio de referencia. El análisis semiótico puede separar el acontecimiento observado, el objeto que se atribuye al signo, la relación inferida, la interpretación generada y las creencias adicionales que la sostienen. En la práctica, la mención de la idea de matarse obliga además a evaluar directamente el riesgo suicida.

La distinción es útil, aunque tiene límites. La semiótica peirceana ayuda a describir relaciones de significación e inferencia; explicar por qué aparecen exige otras teorías y otra evidencia.

Aplicación a la escritura clínica

La diferencia entre los dos modelos ayuda también a entender por qué la escritura clínica exige decisiones que van más allá de la corrección léxica. Desde una perspectiva relacional, una palabra adquiere valor respecto de las demás disponibles. Consideremos la siguiente nota.

(4) El paciente reconoce ideación suicida.

El verbo reconoce podría sustituirse por refiere, admite, revela, confiesa o comunica. Ninguno de ellos equivale a los demás. Confiesa introduce un marco de culpa o de secreto. Admite sugiere una resistencia previa. Refiere busca un registro clínico descriptivo, mientras que comunica pone el acento en el acto interpersonal. La elección léxica organiza el campo interpretativo del lector, algo que Saussure describió como relaciones asociativas.

Desde Peirce puede añadirse otra pregunta, la de qué relación establece el texto entre la expresión escrita y el acontecimiento clínico que pretende representar. La ficha es distinta del paciente, como la frase escrita es distinta de lo que el paciente dijo. Entre la experiencia y el registro hay una cadena de transformaciones, que va de la experiencia al relato, del relato a la interpretación clínica y de esta a la documentación. En cada paso puede perderse información o introducirse información nueva.

Aplicación a los sistemas de inteligencia artificial

Los dos modelos sugieren también preguntas distintas sobre los sistemas artificiales. La perspectiva estructural permite entender una intuición que la lingüística computacional ha explotado. Harris (1954), dentro del estructuralismo estadounidense, propuso que la distribución de un elemento, es decir, el conjunto de contextos en que aparece, permite agruparlo con otros. En su ejemplo, oculist y eye-doctor comparten casi todos sus contextos, mientras que lawyer comparte pocos con ellos. Las representaciones distribucionales actuales, incluidos los embeddings de los LLM, aprovechan esa idea a gran escala. La semejanza con el valor saussureano es real, aunque parcial. Un embedding se aprende a partir de estadísticas de coaparición en grandes cantidades de texto, mientras que el valor saussureano se define por oposiciones dentro de la langue y responde a otros objetivos teóricos.

La terminología de Peirce permite precisar el análisis que el capítulo 1 hizo de una frase como «Comprendo por qué esto debe ser difícil para ti». Cuando un sistema genera una frase de ese tipo, pueden distinguirse el signo producido, aquello a lo que la frase parece referirse y el interpretante que genera en el usuario, quien puede tomarla como evidencia de comprensión. La función semiótica de la expresión no demuestra que el mecanismo que la produjo tenga el estado mental que atribuimos a una persona cuando dice lo mismo. Que una expresión sea signo de algo para un intérprete no prueba por sí solo que ese algo exista en el emisor. La semiótica puede explicar por qué atribuimos comprensión o intención, aunque la justificación de esas atribuciones es una cuestión distinta, que los capítulos siguientes retomarán.

Lenguaje y mundo en los dos modelos

La divergencia filosófica puede formularse ahora con más precisión. Saussure obliga a abandonar la imagen del lenguaje como un conjunto de etiquetas adheridas a entidades preexistentes, porque la lengua participa en la organización conceptual mediante sistemas de diferencias. Atribuirle la tesis de que no existe realidad fuera del lenguaje excede, sin embargo, lo que dice el Curso. Su tesis es metodológica y lingüística; para comprender el valor de una unidad no basta con señalar aquello a lo que parece corresponder en el mundo. Limitar un objeto de estudio es distinto de negar la existencia de lo que queda fuera de él. Que el referente no sea un componente interno del signo no demuestra, por tanto, una ontología antirrealista.

Peirce, por su parte, incluye el objeto en la relación semiótica y sitúa la significación dentro de una investigación susceptible de corrección. La oposición entre un Peirce realista y un Saussure relativista resulta, con todo, demasiado gruesa para proyectos tan distintos. Lo que interesa es dónde sitúa cada uno el problema. Saussure pregunta por la constitución relacional del valor lingüístico; Peirce, por las condiciones en que algo puede representar otra cosa y generar interpretantes.

Síntesis

Saussure y Peirce transformaron el estudio de los signos por caminos diferentes. Saussure mostró que las unidades lingüísticas no pueden entenderse como etiquetas independientes, porque su valor surge de redes de relaciones y diferencias dentro de un sistema. Su signo articula significante y significado mediante una relación arbitraria que, sin embargo, no queda a disposición del hablante. Separó además la descripción sincrónica de la explicación histórica.

Peirce amplió el territorio de la teoría de los signos más allá del lenguaje. En su modelo, una relación semiótica articula signo, objeto e interpretante. La representación puede apoyarse en la semejanza, en la conexión de hecho o en el hábito general, mientras que la interpretación puede desarrollarse en procesos sucesivos dentro de un marco falibilista.

Reducir a Saussure a las estructuras estáticas y a Peirce a las interpretaciones infinitas elimina buena parte de lo que vuelve interesantes sus teorías. La diferencia más útil para el resto del libro está en sus preguntas. Saussure pregunta qué relaciones dentro de un sistema dan a una unidad el valor que tiene; Peirce, qué relación permite que algo represente otra cosa de cierta manera y produzca consecuencias interpretativas. Una teoría del significado necesita distinguir ambas preguntas antes de intentar combinarlas.

El capítulo 3 sigue la primera de estas intuiciones en los estructuralismos lingüísticos, desde el Círculo de Praga hasta las funciones del lenguaje de Roman Jakobson.

Referencias

Atkin, A. (2022). Peirce's theory of signs. En E. N. Zalta (Ed.), The Stanford encyclopedia of philosophy (ed. de otoño de 2022). Stanford University. https://plato.stanford.edu/archives/fall2022/entries/peirce-semiotics/

Harris, Z. S. (1954). Distributional structure. Word, 10(2–3), 146–162. https://doi.org/10.1080/00437956.1954.11659520

Joseph, J. E. (2004). The linguistic sign. En C. Sanders (Ed.), The Cambridge companion to Saussure (pp. 59–75). Cambridge University Press. https://doi.org/10.1017/CCOL052180051X.005

Normand, C. (2004). System, arbitrariness, value. En C. Sanders (Ed.), The Cambridge companion to Saussure (pp. 88–104). Cambridge University Press. https://doi.org/10.1017/CCOL052180051X.007

Peirce, C. S. (1931–1958). Collected papers of Charles Sanders Peirce (C. Hartshorne, P. Weiss y A. W. Burks, Eds.; Vols. 1–8). Harvard University Press. Se cita como CP, seguido de volumen y parágrafo.

Saussure, F. de (1916). Cours de linguistique générale (C. Bally y A. Sechehaye, Eds.). Payot.

Saussure, F. de (2002). Écrits de linguistique générale (S. Bouquet y R. Engler, Eds.). Gallimard.

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